La casa de mi abuela
eran recámaras repletas
de fotografías enmarcadas.
Nadie quitó nunca nada,
todo fue poner, poner,
sobre la misma mugre
de la cocina, las mismas
alfombras, los azulejos del
baño amarillentos, pastillas
y pañuelos regados por
todas partes.
En la casa de mi abuela estaba
también mi abuelo
silencioso, pero atento,
siempre llenando cestos
de frutas (las mejores)
contrarrestando el ir y venir
acelerado de todas las tías,
incluyendo a mi madre,
que hablaban y hablaban
y grillaban y grillaban.
Muchas veces llegué a pensar
que la casa de mi abuela
era como un albergue de locos:
dando comida, ofreciendo cuartos
sin pedir el más mínimo
de cordura a cambio.
Y yo siempre me recordé en esa
casa de distintos tamaños
y miradas; a veces quieta en la
mesa del comedor, otras, siendo
parte del mismo tumulto.
Y cada nueva visita
era un vestigio más del tiempo
que pasa y no pasa; que suma
una fotografía de la última prima
que se casó y conserva, a la vez,
un mismo olor, una rutina,
un tejido tan perseverante
de la vida cotidiana
que ha ido dejando en los años
un trazo único.
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