"Nos levantábamos poco después del amanecer,
cuando todavía no habían llegado los primeros bañistas. El mar se mecía sobre
la playa y nosotros nos sentábamos en la
orilla, dejándonos atrapar por las olas y mezclándonos con la arena y con la
sal del agua, hasta que se nos hacían costritas transparentes en la piel. Tú
nunca hablabas mucho, y te quedabas mirando el sol allá lejos en el cielo, cada
vez más alto, amarillo como un melocotón, mientras que yo me llenaba la boca con
palabras pastosas que me daban sed y me agriaban la boca aún amarga tras el
sueño.
Entonces me quitaba la ropa y me zambullía en
las olas, mientras tú te quedabas allí sentado. Primero buceaba acercándome
mucho al fondo, abriendo los ojos en el agua marrón a causa de los remolinos de
arena que mis pies habían levantado imaginando que era un pez que nadaba en
el agua fría. Luego subía a la superficie y me tumbaba de espaldas sobre el mar,
con el pelo flotando detrás de mi cabeza y los ojos cerrados. Me gustaba dejar la mente
en blanco mientras el sol de la mañana y el agua me purificaban la mente y la
piel, sentir que no pesaba nada, notar el agua sosteniendo mis tobillos, los
muslos, el trasero, los hombros con los brazos abiertos a ambos lados del cuerpo.
El agua se me metía por las orejas, pero yo aguzaba el oído, por si me llegaba
desde la orilla tu voz, amortiguada a través el agua.
Otras veces nadaba adentrándome en el mar, con
la vista fija en el horizonte, y me imaginaba que seguía nadando y nadando
hasta llegar a un pedazo de tierra desierta, o pensaba en lo perfecto de aquel
instante en el que lo único que parecía esperarme, si seguía nadando, era el
cielo reflejado en el mar, azul, limpio, deshabitado.
Entonces, casi invariablemente, cuando empezaba a
notar la piel gruesa y arrugada al juntar las puntas de los dedos de las manos,
te oía llamándome desde la orilla para desayunar, agitando mi vestido rojo en el
aire como una bandera. En un abrir y cerrar de ojos volvía a la realidad, a nuestro
apartamento a sólo dos cuadras de la playa, al café con medias lunas que
tomaríamos sólo minutos después sentados en las sillas de plástico de la cocina. Y nunca estaba realmente segura de querer aquel amor que me afianzaba
a la tierra, que impedía que me sintiera sola, desprotegida, libre en un mundo
tan grande."
(Azurea)