Hay que ir soltando
poco a poco
nuestras tiernas manías
de retener,
de guardar.
Abrazar, en cambio,
muy suave
el instante en el que hay besos,
la pequeña tristeza de la tarde,
la soledad arrinconada en la cama
con té y chocolates.
Abrazar la visita fugaz de alguien,
la música, el pasto,
el rasgueo
de los instrumentos de cuerdas.
La mirada inequívoca,
el paseo largo,
todas y cada una de las sensaciones
que despierta mi cuerpo
cuando me dices esas cosas.
Y ser, ser todo aquello,
para no correr el riesgo
de andar echando de menos.
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