Qué difícil es a veces
salir a la calle
y confesarse a una misma
la soledad. Es decir, no llevar
rumbo; haber salido
por salir. No esconderse en
un libro,
ni la espera de alguien más.
Ni siquiera en un pensamiento
que nos lleve a alguna otra parte.
Estar ahí, sola
y sentirse cómoda con eso.
Vagabunda, expuesta, sedienta.
Nadie vendrá. La gente pasa
corriendo.
Y hace frío. Siento las manos
tiesas, agrietadas. Sin embargo,
algo se mueve cálido dentro de mí,
algo que se alimenta
de abrir bien el pecho para respirar.
Es como si el frío sólo doliera
porque lo resistimos.
Qué frágil siento mi corazón,
qué crudo, qué silencioso.
Estoy segura de que sabré amar.
No quiero irme de aquí.
Quiero seguir sintiendo
que yo soy el lugar
y el lugar es en mí.
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