Él era de los pocos amantes
que quería conservar;
sin exigencias en las llamadas
ni seducciones baratas.
Me gustaba el clima
de su habitación, con luz baja,
Schumann, Bach, todo
lo que nunca escucho.
Se había rendido ya
ante los inútiles intentos
de quererme dar falsos placeres.
Así como ambos habíamos desistido
de la estupidez
de callar nuestros amores.
Él sabía que, estando conmigo,
podía llorarse, ser lo más vulnerable
y que yo lo besaría igualmente.
Así como yo sabía
que podía no haberme depilado
y él me quitaría la ropa
con el mismo ímpetu.
Nos duchábamos juntos
antes de volver a mi casa
y, mientras nos pasábamos el jabón
y yo cuidaba no mojarme el pelo,
hablábamos de las campañas políticas,
o de cualquier otra cosa
de esas que nada tenían que ver
con un 'él y yo'.
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