Debería dejar este oficio epistolar.
Me vendría bien, a cambio, una cierta dosis de realismo,
más imágenes figurativas en mis cuadros mentales,
menos de esto o aquello que, tarde o temprano,
termina en extraños desórdenes amorosos.
Debería dejar esta manía de tocarme las cejas
cuando alguien me habla,
o morderme las uñas en las salas de espera.
Debería sin duda dejar de escribirle
a los viejos amores que ya no amo.
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