Se me quedaría en el gesto,
en el brillo del pelo,
en la postura de la espalda
el registro de cada uno de mis amores.
Aprendería a reconocer en los textos
quién se había dejado ahí el corazón y quién no,
o sabría, de primera instancia, qué canciones
de mi selección de música estaban vivas.
Comprendería, tarde o temprano,
que detrás de toda belleza
hay una cierta voluntad
de poder amar mejor.
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