viernes, 24 de enero de 2014

Navío

Nunca anduve en barco
sola; siempre estaba apretando
fantasmagóricas compañías
para reconfortar
el mareo, la náusea, la posible
isla desértica. Pero pensaba
que la vida era llevar
guanábanas en las manos,
eso sí. Y sembrar semillas
en el agua. Me importaba poco
la temida realidad, siempre
y cuando pudiera quedarme
con el diálogo imaginario.
Ahora que se ha cortado
de golpe el hilo, y me he quedado
a la intemperie de los peces,
ya no me preocupan el puerto
ni las ausencias. Pienso sólo
en la proa, la vela, en el sonido
del oleaje
y me siento amada.

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