jueves, 2 de diciembre de 2010

Solía pensar que volver no era seguro; un viaje interminable a mi casa amarilla, o al mueble de la esquina de tu sala en donde estaba la fotografía que yo pasaba horas enteras mirando, pensando en lo joven que te veías, en cómo el tiempo te había traído hasta acá. Parecía entonces otra vida, menos pálida, más entrañable. Como andar sin prisa. Viéndote vestir con unas ropas y otras, usando los lentes de tu abuelo, diciéndome que todo volvería a la normalidad. Como mirar con otros ojos, pensaba. Pero esos días se iban haciendo viejos, viejísimos. Regresaba de vez en cuando a donde había dejado cada palabra y cada pensamiento- todo eso que prometíamos- como queriendo encontrar algo en un lugar que ni siquiera existía ya. Veía a lo lejos tus tenis usados, tus cuadernos sin hojas y entonces miraba todo ese camino que no recorrí contigo, esos días en los que dejé que la vida nos desencontrara, los sueños profundos en los que me olvidé de ti.

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