lunes, 25 de mayo de 2009

Cuarto para las nueve

Nunca hablábamos de los sueños, ni de los demás,
lo nuestro era cuestión de dos veces por semana, cerrar la puerta de tu habitación, dejarnos llevar por el instinto.
Cada quien hacía su parte: yo te provocaba, tú me llevabas.
Teníamos una extraña manera de querernos, de envidiar a nadie.
Todo dejaba de importar cuando tus manos iban de mi cuello a mi cintura y de mis caderas a mis rodillas, cuando me perdía en tu boca y ahí quería estar.
De vez en cuando oíamos música, y yo veía tu colección de separadores.
A veces hablabas, a veces no. A veces me tocabas mientras yo pretendía leer y otras sólo esperabas sentado a que mis ansias comenzaran a brincar.
Nos gustaba no tener que dar explicaciones, que todo sucediera entre cuatro paredes y que los secretos fueran de cada quien.
Las dudas se deslizaban entre las piernas, tenía todo sólo para ti.
Siempre que te movías, me mirabas, firme y decididamente, como quien sabe lo que grita, pero cuando, lentamente y sin previo aviso, te separabas de mi cuerpo, entendía que entre tú y yo nunca habría certezas.
Vimos pasar los ratos que perdimos, admirando semejante estupidez.
Buscamos los motivos escondidos y escupimos frente a lo que nos dolía.
Nos despedíamos con la torpe promesa de volverlo a intentar, de reencontrarnos en un lugar más fértil.
Salíamos de ahí sólo para respirar, un aire que no era nuestro.

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